Entre despegues y viñas: el encanto de comer en terraza en Lavacolla
Durante mucho tiempo cometí el error de reducir Lavacolla a una pista de aterrizaje, una torre de control y un desfile apresurado de maletas con ruedas. Para mí, como para casi cualquiera que viaja desde Santiago, esta parroquia compostelana no era más que un lugar de tránsito forzoso, ese rincón del municipio donde miras el reloj con el corazón encogido por miedo a perder el vuelo. Sin embargo, una escala imprevista con varias horas muertas y un día inusualmente soleado me obligó a salir de la terminal acristalada y descubrir la verdadera vida que late a espaldas del aeropuerto: sus casas de comidas tradicionales y sus terrazas bajo la parra.
Apenas te desvías unos cientos de metros del complejo aeroportuario hacia el trazado antiguo de Sabugueira o la bajada del Camino Francés, el paisaje se transforma de raíz. El asfalto de las pistas da paso a muros de mampostería cubiertos de hiedra, prados verdes y pequeñas aldeas donde el tiempo parece avanzar a otro compás. Es aquí donde varios restaurantes con terraza Lavacolla familiares han convertido sus jardines y patios interiores en auténticos oasis para comer al aire libre.
La primera vez que me senté en una de estas terrazas comprendí el magnetismo del lugar. Estar cobijado bajo una pérgola de madera o una parra centenaria, con una mesa de piedra y el mantel de cuadros, produce una sensación inmediata de desconexión. La banda sonora de la comida tiene una mezcla insólita y fascinante: de fondo se escucha el canto de los pájaros, el ladrido lejano de un perro y el murmullo de los peregrinos que avanzan hacia el Monte do Gozo, salpicado de cuando en cuando por el rugido sordo de una turbina de avión ganando altura hacia las nubes. Lejos de molestar, ese contraste entre la aldea gallega y la aviación moderna tiene un encanto casi hipnótico.
En la mesa, estas terrazas defienden la gastronomía de producto sin disfraces. Pedir un pulpo á feira recién sacado de la olla de cobre con su pimentón y su chorro generoso de aceite de oliva, acompañado de unos pimientos de Padrón que llegan humeantes y una tortilla de patatas con el punto exacto de jugosidad, sabe infinitamente mejor al aire libre, con una jarra de vino blanco fresco de la casa condensando gotas sobre el cristal. Las raciones son generosas, honestas y servidas con esa cercanía sin aspavientos que define a la hostelería de toda la vida.
Desde aquel almuerzo improvisado, mi relación con Lavacolla cambió para siempre. Ya no vengo solo cuando tengo que volar; muchas tardes de primavera o mediodías de verano me acerco a propósito para alargar la sobremesa en el jardín, disfrutando de un café de pota con unas gotas de aguardiente mientras el sol baja despacio entre los carballos. Comer en terraza en Lavacolla es el recordatorio perfecto de que, incluso al lado del motor más veloz del mundo moderno, siempre queda un refugio donde merece la pena detenerse a saborear la calma.