Aparcar, volar y no arruinarse
Siempre he pensado que el verdadero estrés de viajar no empieza en el estricto control de seguridad ni en la tediosa cola de embarque, sino mucho antes: en el momento de decidir qué hacer con el coche. Los que volamos habitualmente desde el Aeropuerto de Asturias conocemos de sobra este histórico dilema. Hasta hace poco, las opciones se reducían a pedirle el incómodo favor a un familiar para que te subiese a Santiago del Monte de madrugada, depender de los rígidos horarios del autobús, o directamente resignarte a dejarte una parte del presupuesto de las vacaciones en el aparcamiento general. Por eso, cuando descubrí que por fin habían habilitado un parking aeropuerto asturias low cost, supe que mi escapada de este fin de semana sería la excusa perfecta para ponerla a prueba.
Reconozco que iba con cierta desconfianza. Cuando escuchas las palabras «bajo coste» asociadas a un recinto aeroportuario, la mente viaja inevitablemente a un descampado de grava y barro a tres kilómetros de la terminal, sin vigilancia y con un dudoso servicio de traslado en una furgoneta que pasa cuando quiere. Pero la realidad me dio una grata sorpresa. Al acercarme a las instalaciones del aeropuerto, los carteles indicadores verdes me guiaron sin posibilidad de pérdida. No tuve que desviarme por carreteras secundarias ni polígonos extraños; el acceso estaba perfectamente integrado en el recinto principal.
Llegué a la barrera y, gracias a la reserva previa que había gestionado por internet un par de días antes, el lector de matrícula reconoció mi coche casi al instante. Sonó un suave pitido, la barrera se levantó y entré sin tener que pelearme con máquinas expendedoras ni guardar el típico ticket de papel que siempre acabo perdiendo en el fondo de la mochila. El recinto me pareció impecable: asfalto en perfectas condiciones, plazas con una anchura muy decente para maniobrar sin miedo a los roces, y un vallado que transmitía absoluta seguridad. Aparqué a la primera, apagué el motor y respiré aliviado.
Saqué la maleta del maletero, cerré el coche y me preparé para la caminata. Aquí es donde nuestro aeropuerto juega con una ventaja innegable: sus dimensiones. Al ser una infraestructura tan manejable, la distancia desde este nuevo aparcamiento económico hasta la puerta de salidas es casi anecdótica. En apenas cinco o seis minutos de agradable paseo peatonal, sin necesidad de esperar molestos autobuses lanzadera, ya estaba cruzando las puertas automáticas de la terminal. Todo un lujo, especialmente si tenemos en cuenta la alta probabilidad de lluvia en el Principado; llegué completamente seco, sin agobios y con tiempo de sobra.
Mientras me tomaba el obligatorio café en la zona de embarque, me puse a hacer números. El ahorro respecto a la tarifa del aparcamiento general era más que considerable, lo suficiente como para pagarme un buen desayuno y darme algún capricho en mi destino. Por fin sentí que la gestión del transporte no era un castigo económico por el simple hecho de llevar mi propio vehículo. Dejar allí el coche, sabiendo que está en un recinto oficial y a un precio verdaderamente justo, ha supuesto un antes y un después en mi forma de organizar los vuelos. Estrenar este parking ha sido un acierto total; se acabaron los favores de madrugada y las carreras de última hora. Ahora, las vacaciones empiezan de verdad en el preciso instante en el que cierro el maletero.